Familia y hogarEspañol (Colombia)
Las medias de Manuela
Manuela era la única niña de su calle que nunca se ponía dos medias iguales, porque las suyas cambiaban de pareja cada noche, por muy juntitas que las guardara. A ella le encantaba. Cada mañana abría el cajón y preguntaba:
—¿Con quién te tocó hoy?
Hoy no había cajón. Había una casa nueva, llena de cajas, y el piso estaba frío. Manuela solo traía puestos los tenis. Quería sus medias, para tener los pies calentitos en su cuarto nuevo.
—Papá, ¿en cuál caja están mis medias?
Papá dormía en el sofá, con la boca abierta. Él sí sabía. Pero roncaba: «Zzz, zzz».
Manuela abrió una caja. Ollas. Abrió otra. Libros. Abrió otra y salió un pato de hule que hizo ¡cuac!
—¿Dónde estarán mis medias? —dijo.
Entonces tuvo una idea. Sacó un esfero y dibujó un mapa de la casa, con todas las cajas, de memoria. Pero el mapa salió casi todo mal. La cocina quedó donde iba el baño, y la caja de las medias quedó pegada al techo.
Manuela se rió y siguió el mapa de todos modos. Buscó en el baño, que era la cocina. Buscó debajo de la mesa. Del techo no pudo bajar nada, claro.
—¿Dónde estarán mis medias?
Se sentó en el pasillo a comer sus onces. Mordió la galleta y se quedó quieta. Algo rayado asomaba por una caja pequeña, justo debajo de la ventana. Era la punta de una media, estirándose como una lombriz que busca el sol.
Manuela la jaló despacito. Salió una media rayada. Detrás venía una roja, y otra amarilla, y otra con lunares, todas enredadas.
—¡Ahí estaban!
Se puso una rayada y una roja. Se sentó en el piso, que hizo ¡crac! Papá roncó otra vez. Los dedos de los pies se le pusieron calientitos, calientitos, como pan recién salido.