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Fabulada

Estaciones y climaEspañol

El paraguas de Mateo

Mateo era un niño que tenía un paraguas con un agujero en la punta. Un agujerito redondo, del tamaño de una lenteja.

Esa tarde llovía y llovía. Mateo quería salir al patio a ver cómo se llenaba el charco grande, el que estaba junto al limonero. Quería llegar antes de que sonara la campana de la merienda.

—Ven, paraguas —dijo—. Vamos.

Abrió la puerta y dio un paso. Plic. Una gota cayó por el agujero y le mojó la nariz.

—¡Ay! —dijo Mateo.

Se puso el paraguas más a la derecha. Plic. Otra gota, ahora en la oreja.

Se lo puso más a la izquierda. Plic. En la frente.

—Paraguas, paraguas, tienes un agujero —dijo Mateo, y se rascó la cabeza.

Entonces oyó la campana de lejos, ding, dong, y supo que casi no había tiempo. Miró alrededor. En el banco del patio había una hoja enorme de limonero, verde y brillante, que la lluvia había traído.

Mateo la miró un buen rato. Después miró el agujero.

—Mmm —dijo.

Subió al banco, estiró el brazo y empujó la hoja contra la punta del paraguas, por dentro. La hoja se quedó pegadita, mojada como un sello.

Mateo esperó. Ni un plic.

—¡Sí! —dijo.

Corrió hasta el charco, chap, chap, chap, y se quedó al lado, muy seco. El charco crecía y crecía, con círculos que salían unos de otros.

Entonces sonó la campana, ding, dong, y de la cocina llegó olor a pan caliente.

Mateo se quedó un momento más. Arriba, en el paraguas, la lluvia tamborileaba sobre la hoja: tic, tic, tic, tic. Y la hoja, pegadita, lo guardaba todo bajo su techo verde.