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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol de España

La puerta del huerto

Lucía oyó un toc, toc, toc detrás del muro del huerto y fue corriendo a ver quién llamaba.

Entre el romero y el tomillo había una puerta verde, muy pequeña. Ella nunca la había visto. No tenía pomo ni cerradura.

—¿Quién es? —preguntó Lucía.

Toc, toc, toc, contestó la puerta.

Lucía quería saber qué había al otro lado, más que nada en el mundo. Empujó con las dos manos. Nada. Tiró de un borde con las uñas. Nada.

—¡Abuelo! —llamó—. ¡Tú sabes abrir las puertas raras!

Pero el abuelo dormía en su hamaca, bajo la higuera, con el sombrero sobre la cara. Roncaba: fiuuu, fiuuu. Ni se movió.

Entonces bajó un cuervo y le quitó la cuchara de la merienda.

—¡Eh! ¡Es mía!

—La tomo prestada —graznó el cuervo—. Me gusta lo que brilla. Mañana te traigo otra cosa.

Y se fue volando con la cuchara, y dejó caer una tapita de bellota.

Lucía suspiró. Se sentó junto a la puerta. Las abejas entraban y salían del tomillo, zumbando, y una se paró en lo alto de la puerta, justo donde asomaba un ganchito de hierro, medio escondido entre las ramas.

—¡Un gancho! —dijo Lucía—. Estaba muy arriba y yo solo miraba abajo.

Se puso de puntillas, apartó el tomillo, que olía a sol, y levantó el gancho. Clic.

La puerta se abrió sola, despacito. Al otro lado había un erizo con una bandeja de pastelitos.

—Por fin —dijo el erizo—. Llevo un rato llamando. Hay merienda debajo del ciruelo, y venís todos invitados.

Lucía pasó. Detrás llegó el cuervo, con otra cuchara. Era de madera, y la dejó junto a su plato.

—Esta no brilla —dijo—, pero huele a pastel.

Luego vino el abuelo, bostezando, con la hamaca marcada en la mejilla.

—¿Qué me he perdido? —dijo.

—Venid, sentaos —dijo el erizo—. Ya estamos todos.

Y se oyó un tintineo de platos y el zumbido de las abejas sobre la mesa llena.