EmocionesEspañol de España
Enfado en el arroyo
Julia chapoteaba en el arroyo con los pies descalzos, y llevaba una torre de piedrecitas en las manos. Quería ponerla en la roca grande del medio, la que parecía una mesa. Había tardado toda la mañana en juntar las piedras más lisas.
Con cuidado, una encima de otra. Una, dos, tres...
Plof. La torre se cayó al agua.
Julia sintió algo caliente en la barriga. Era el enfado. Subió y subió, hasta las orejas.
—¡Qué rabia! —gritó, y pateó el agua. Chof, chof, chof.
Un cangrejo pequeño salió de debajo de la roca. No venía a ayudarla. Buscaba su casa, que era justo esa piedra, y estaba muy ocupado en volver a ella.
Julia lo miró. Respiró hondo y volvió a empezar. Una, dos, tres... Plof. Otra vez al agua.
—¡Qué rabia! —dijo más bajito, y apretó los puños.
El enfado seguía en la barriga, grande como una sandía. Julia se sentó en la roca con los brazos cruzados. El cangrejo se paró a su lado y levantó una pinza, como diciendo: «Yo también me enfado a veces».
Entonces Julia notó algo. El agua pasaba por la roca y empujaba las piedras. Una torre alta no se aguantaba en el agua que corría.
—Ah —susurró—. Aquí el arroyo no me deja.
Se levantó y buscó la orilla, donde la arena estaba quieta. Allí hizo la torre otra vez. Una, dos, tres, cuatro, cinco.
La torre se quedó de pie.
El cangrejo caminó de lado hasta la última piedra y se subió arriba, muy orgulloso, como en una montaña.
Julia soltó un resoplido largo, y el enfado salió con él, poco a poco, como el aire de un globo. Pfffff.
El arroyo seguía cantando, y la torre, con el cangrejo en la punta, brillaba mojada al sol.