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Fabulada

Primeras vecesEspañol de México

Una cubeta que nunca se vacía

Diego encontró una campana debajo de su cama. Era una campanita de bicicleta, redonda y brillante, y sonaba solita: ¡ring, ring!

Afuera, en el patio, esperaba la bicicleta nueva de Diego. Era roja y tenía dos rueditas chicas atrás. Hoy se las habían quitado. Diego quería andar sin ellas, como su prima Lola, que pedaleaba hasta la esquina y volvía.

—Tú puedes, Diego —dijo mamá—. Yo te sostengo del asiento.

Diego subió. Pedaleó un poquito, y la bici se fue hacia un lado. ¡Pum! Diego se sentó en el pasto.

—Otra vez —dijo.

Lo intentó una vez. Lo intentó dos veces. Siempre se caía para el mismo lado, y siempre sonaba la campanita: ring, ring.

Junto a la llave del agua había una cubeta vieja. Siempre tenía un dedo de agua en el fondo, por más que la volcaran. Nadie lo pensaba raro. Así era esa cubeta.

Diego se sentó a mirarla, enojado. Un gorrión bajó a tomar agua de ella. Se paró en la orilla, y la cubeta se mecía: un lado, el otro, y el gorrión daba saltitos para no caerse.

Diego se quedó quieto. El gorrión no miraba sus patas. Miraba adelante, al agua.

—¡Mamá! —gritó—. ¡No me mires las ruedas! ¡Voy a mirar allá, al árbol!

Subió otra vez. Miró el árbol grande del fondo. Mamá lo soltó sin decir nada.

Pedaleó y pedaleó. La bici ya no se iba a ningún lado. Iba derechita, y el viento le movía la playera.

—¡Mamá, mira, no me caigo!

Ring, ring, ring, sonó la campanita, y el gorrión echó a volar con un pío.

Diego llegó hasta el árbol. Allí se detuvo con los pies en el suelo, con el corazón saltando y la campana todavía temblando bajito.