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Fabulada

Familia y hogarEspañol (Argentina)

Mateo y la hermanita

—Lula, vení, que te hice una casa —dijo Mateo.

Mateo tenía cuatro años, y hacía tres días que tenía una hermanita. Con todos los almohadones de la casa había armado un fuerte en el living. Quería que Lula entrara con él y que jugaran juntos, como juega con su primo.

Mamá llegó con Lula en brazos, envuelta en una manta amarilla.

—Despacito, Mateo. Ella recién llegó. Yo voy a la cocina a preparar la mamadera, ya vuelvo.

Mateo acostó a Lula entre los almohadones. Tenía los ojos cerrados y la manito apretada, chiquita como una estrella de mar.

—Hola, Lula, soy yo —dijo.

Lula no se movió.

Mateo probó con su auto rojo. Lo hizo andar por la manta: ¡brrrum, brrrum! Lula arrugó la nariz y nada más.

Entonces probó con una canción. La cantó fuerte, bien fuerte. Lula abrió la boca enorme y lloró: ¡uaaaa!

Y el techo del fuerte se vino abajo. ¡Plof! Un almohadón le cayó a Mateo justo en la cabeza.

Mateo se quedó quieto, a oscuras, debajo del almohadón. No se oía nada. Después se oyó un suspiro chiquito. Lula había dejado de llorar.

Mateo se asomó despacio. Lula movía la manito en el aire, como si buscara algo.

—Ah —pensó Mateo—. Con tanto ruido no se puede.

Dejó el auto en el piso. Estiró un dedo y se lo puso en la mano. Lula lo agarró fuerte, fuerte.

—Hola, Lula, soy yo —dijo Mateo, bajito, casi sin voz.

Lula abrió un ojo. Después abrió el otro. Lo miró, y Mateo se quedó mirándola también.

Entre los almohadones había una tela suave y tibia, como una cueva. Se oía la respiración de Lula, fff, fff, y el tic-tac del reloj de la cocina. Y la manito de Lula seguía agarrada a su dedo.