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Fabulada

Familia y hogarEspañol de España

La olla que cantaba

Hugo estaba subido a un taburete, con la cuchara de madera en la mano, y removía la masa de las galletas de la abuela.

—Remueve despacio, Hugo —dijo la abuela—. La masa tiene que descansar un ratito antes de entrar al horno.

Hugo quería una cosa: comerse una galleta caliente, con el chocolate blando. Pero primero había que esperar.

En la cocina de la abuela, la olla grande cantaba. Era así desde siempre. Cuando alguien la llenaba de agua, hacía una melodía distinta para cada persona. Para la abuela cantaba «tilín, tilán». Para Hugo cantaba «pirulín, pirulán». Nadie se asombraba. Era una olla, y las ollas cantan.

—¿Ya está? —preguntó Hugo.

—Todavía no.

Hugo miró la masa. Miró el reloj. Suspiró muy fuerte.

—Voy a ayudar a que pase el tiempo —dijo.

Cogió la olla y la llenó de agua para cantarle una canción. Pero la olla, con tanta prisa, soltó un «¡pirulín, pirul… glup!» y se atragantó. Se le cayó la tapa. ¡Clinc, clanc! La tapa rodó por el suelo y se escondió debajo de la mesa.

—¡Ay! —dijo Hugo—. Yo solo quería que el tiempo corriera.

—El tiempo no corre porque lo empujemos —rió la abuela.

Hugo buscó la tapa. Estaba abollada y ya no ajustaba. La olla no cantaba bien sin ella.

Hugo probó con un plato. Se resbaló. Probó con un trapo. Se mojó. Entonces vio, sobre la encimera, el molde de las galletas, redondo y plano, justo del tamaño de la boca de la olla.

—¡Abuela, mira esto! —dijo, aunque solo estaba ella—. Ven a oír.

Puso el molde encima. Encajó perfecto.

La olla tomó aire. Y cantó, bajito y redondo: «pirulín, pirulán».

—Qué bien suena —dijo la abuela.

En ese momento, el horno hizo «ding». Hugo se giró. La masa ya había descansado.

Metieron la bandeja dentro. Poco a poco, la cocina se llenó de olor a chocolate, y la olla seguía cantando bajito, con su tapa nueva.