Primeras vecesEspañol (Uruguay)
Un diente en el columpio
Renata estaba columpiándose en el porche de la cabaña, con la lengua empujando su diente flojo, cuando se acordó de lo importante. Esa noche venía el Ratón de los Dientes. Y ella quería dejarle un regalo.
—Un regalo para vos también, ratón —dijo en voz bajita.
El columpio hizo crrrik, crrrik, con la brisa.
Renata corrió adentro y juntó sus cosas: una piedrita brillante, una hoja roja y un botón azul. Las envolvió en un pañuelo. Faltaba lo principal. El diente seguía en su lugar, flojo, flojo, pero bien agarrado.
—Mamá, ¿me ayudás a sacarlo? —preguntó.
—Ese diente se cae solo —dijo mamá, mientras pelaba zanahorias—. Yo ahora estoy con la cena.
Renata probó con la lengua. Nada. Probó mordiendo una manzana. Nada. Probó moviéndolo con el dedo, despacito. El diente se movía, pero no salía.
—Ay, diente —suspiró—. Vení, que el ratón te espera.
Se sentó otra vez en el columpio, con la cara larga. Crrrik, crrrik. Miró el pañuelo con el regalo. Miró el cielo, que ya se ponía naranja.
Entonces notó algo. Cada vez que el columpio llegaba bien arriba, ella se reía. Y cuando se reía con la boca grande, el diente temblaba como una hojita.
—¡Ya sé! —dijo.
Se impulsó fuerte. Más alto. Más alto. El columpio iba y venía, y Renata pensaba en el ratón con un sombrero de botón. Se reía y se reía.
—¡Jajaja! ¡Ay, ratón!
Algo diminuto saltó de su boca, hizo tic y rodó por las tablas del porche.
Renata frenó con los pies. Se agachó. Ahí estaba su diente, blanco como un granito de arroz, entre la piedrita y la hoja roja.
Lo puso con cuidado en el pañuelo y lo cerró con un nudo. Pasó la lengua por el huequito nuevo, tibio y liso.
El columpio se siguió moviendo solo, un poquito más. Crrrik. Crrrik. Hasta quedarse quieto.