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Una carta azul y mojada
Valentina, la cartera, abrió su bolsa de cuero y encontró un pececito dentro. Era plateado, pequeño, y movía la cola entre las cartas.
—¡Blub! —dijo el pececito.
Valentina tenía una ruta que hacer. Cada mañana llevaba las cartas a todas las casas de la colina, y ninguna podía quedarse sin su sobre. Pero ahora la bolsa estaba mojada, y una carta azul se había despegado.
—Tú no eres una carta —dijo Valentina—. ¿Cómo llegaste aquí?
El pececito sólo burbujeó.
Valentina caminó hasta la primera casa. Dejó una carta en el buzón amarillo. Caminó hasta la segunda. Dejó otra en el buzón rojo. Pero el pececito se asomaba y saltaba, y cada vez le salpicaba la cara.
—Quieto, por favor —dijo ella.
Entonces vio la carta azul. Tenía un nombre escrito, pero el agua lo había borrado.
—Ay, no. ¿Para quién eres?
Valentina probó primero con el señor del pan. Él miró el sobre y negó con la cabeza.
—Yo no espero nada azul. Yo sólo espero que suba la masa.
Probó con la niña del columpio. Ella tampoco la esperaba.
Valentina se sentó en el borde del pozo, cansada. El pececito dio un salto y cayó en el agua del pozo. ¡Plin! Y enseguida volvió a subir, mirando hacia arriba.
Valentina miró hacia arriba también. Del pozo salía una cuerda, y de la cuerda colgaba un buzón chiquito, azul como la carta. Tenía dibujadas unas ondas.
—¡Ahí vives tú! —dijo Valentina—. Y la carta es para ti.
Metió el sobre en el buzón azul. Dentro, despacito, algo hizo clic.
Valentina sonrió. El pececito dio una vuelta en el agua y le tiró una última gota en la nariz.
—Blub —dijo.
Y la bolsa de cuero quedó seca y liviana, con una sola carta para la última casa de la colina.