Familia y hogarEspañol de México
Las nubes de ayer
Itzel quería que su abuelo viera las nubes de ayer antes de que se apagara la luz.
En su pueblo, cuando el sol se ponía, las nubes se acomodaban en las mismas formas del día anterior. Todos lo sabían y nadie lo encontraba raro. Ayer habían hecho un pez gordo, un zapato y una gorra. Hoy el abuelo llegaba de visita, y Itzel quería enseñarle los tres.
Pero el camión del abuelo llegó tarde. El cielo ya estaba color naranja.
—¡Ven, abuelo! —dijo Itzel, y lo jaló de la mano—. Las nubes ya van a salir.
—Voy, voy —dijo el abuelo—. Pero mi rodilla camina despacito.
Subieron por el huerto. El abuelo se paraba en cada surco a saludar a las calabazas. Itzel corría adelante, volvía, corría adelante, volvía. La luz se hacía cada vez más delgada.
—Falta poquito —dijo Itzel—. Falta poquito, abuelo.
—Poquito no es nada —dijo él, riéndose, y se sentó en una cubeta.
Itzel miró la cubeta. Miró la carretilla. Y tuvo una idea.
—Súbete.
—¿Yo? ¿Ahí?
—Tú.
El abuelo se subió con la maleta sobre las piernas. Itzel empujó con todas sus fuerzas. La carretilla hizo chirrik, chirrik, y rebotó entre los surcos.
—¡Ay, ay, ay! —gritó el abuelo, y luego se rió tanto que se le cayó la gorra.
—¡Tu gorra! —dijo Itzel.
—¡Que se quede! ¡Más rápido!
Llegaron hasta el espantapájaros, el que llevaba una tetera por sombrero. Ahí arriba no había nada entre ellos y el cielo. Una gallina de la vecina ya estaba subida en el brazo del espantapájaros, porque era su hora de dormir y ese era su lugar favorito.
Itzel y el abuelo se sentaron en el suelo, sin aliento.
Las nubes se movieron. Primero salió el pez gordo. Después el zapato. Y al final, justo cuando la última luz se hacía pequeñita, apareció una gorra, redonda y con su visera.
—Esa es la mía —susurró el abuelo.
—Esa es la tuya —dijo Itzel.
La gallina se acomodó con un cloc suave. La carretilla ya no chirriaba. Y la mano grande del abuelo se quedó, tibia, sobre la cabeza de Itzel.