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Fabulada

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Mateo y el semáforo dormido

—¡Quiero llegar el primero al camión! —dijo Mateo, y bajó por la barra de bomberos con los ojos muy abiertos.

Mateo era bombero, el más pequeño del parque. Aquel día tenía un solo deseo: subir al camión rojo y tocar la sirena. Pero había mucho que hacer antes. Primero, limpiar las mangueras. Después, revisar las escaleras. Luego, secar los cascos.

Entonces llamaron a la puerta. Toc, toc, toc.

Era una señora con un gato en brazos.

—Buenos días —dijo ella—. Mi gato está subido al poste del semáforo y no baja. Yo he venido a por pan, solo a por pan.

—Vamos a verlo —dijo Mateo.

Corrieron al poste. El gato estaba arriba, muy quieto, como una bolita de lana. Mateo apoyó la escalera, pero era demasiado corta. Probó con otra. También corta.

—Miau —dijo el gato, sin moverse.

Mateo se rascó la cabeza. Entonces probó otra cosa: abrió los brazos y llamó con voz suave:

—Gatito, gatito, baja.

El gato miró hacia otro lado. No tenía ninguna prisa.

Mateo se quedó callado. Y escuchó algo. Desde la panadería llegaba un olor rico, a pan calentito.

—¡Ya sé! —dijo Mateo—. Señora, ¿me prestáis un trozo de ese pan?

—Claro —dijo ella, riendo, y le dio la punta de la barra.

Mateo se subió a la escalera corta, justo hasta arriba, y estiró el brazo. Sostuvo el pan cerca del poste. Olía muy bien.

El gato bajó despacito, paso a paso, y se metió en el casco de Mateo.

—¡Eh! —rió Mateo—. ¡Ese casco es mío!

Nadie sabía quién se había quedado con el pan. Pero el gato ronroneaba, y la señora aplaudía.

De vuelta en el parque, Mateo subió por fin al camión rojo. Tocó la sirena una vez: ¡Uuuu-uuuu! Y el gato, dentro del casco, hizo un ronroneo largo, largo, que se fue quedando suave, suave, hasta que solo se oyó su respiración.