EmocionesEspañol (Uruguay)
El portón cantaba
Delfina vivía en una casa con un portón que no chirriaba. Cantaba. Cada vez que alguien lo empujaba, hacía una tonada: mi, sol, la, sol. Nadie en el barrio lo encontraba raro. Era el portón de Delfina, y listo.
Esa mañana la abuela se había ido al pueblo de al lado. Antes de salir le dejó a Delfina una taza con un brote de albahaca.
—Cuidámelo hasta que vuelva. Sombrita, un sorbito de agua y nada de apretones.
—¿Y cuándo volvés?
—Cuando el portón cante de tarde.
Delfina extrañaba a la abuela ya, y todavía era temprano. Sentía la panza como una taza vacía.
Se sentó en la huerta, entre el romero y la menta, con las abejas zumbando alrededor. Miró el portón. Todavía no.
Lo empujó ella misma. Mi, sol, la, sol. Pero nadie entró.
—Todavía no, todavía no —dijo.
Lo empujó otra vez. Y otra. El brote se cayó para un costado.
—¡Ay, perdón! —dijo, y lo enderezó con dos deditos.
Entonces se le ocurrió otra cosa. Puso la taza en la sombra, le dio un sorbito de agua y se quedó quieta, escuchando. Las abejas iban y venían. El romero olía fuerte. Y la tonada del portón, que ella sabía de memoria, era la misma que tarareaba la abuela cuando regaba.
Delfina la tarareó bajito: mi, sol, la, sol. La panza ya no se sentía tan vacía. Era como si la abuela estuviera sentada al lado, regando.
Siguió cantando mientras el sol bajaba y las abejas volvían a su colmena. Cuando se cansó de esperar, apoyó la cabeza junto a la taza.
Y de pronto:
—Ñiiic... mi, sol, la, sol.
El portón se abrió solo, o eso parecía, porque lo empujaba una mano con bolsas.
—¡Abuela!
—¿Y el brote?
—Entero. Tomó agua y todo.
La abuela se rió, y el portón, ya cerrado, siguió cantando bajito detrás de las dos.