Primeras vecesEspañol de México
El doctor de la bata verde
—¿Ya me toca? —preguntó Renata, y apretó muy fuerte su conejo de trapo.
Estaban en el consultorio. Mamá le había dicho que hoy el doctor solo iba a mirarle la garganta. Renata quería que fuera rápido, porque después irían por un helado de limón.
La enfermera abrió la puerta.
—Pasa, Renata. El doctor Beto ya te espera.
Renata entró con pasitos chicos. El doctor tenía una bata verde y una lamparita en la frente. Sobre la mesa había una paleta de madera.
—Abre grande la boca y di «aaa» —dijo el doctor.
Renata cerró la boca. Cerró también los ojos.
—No quiero —susurró—. Me da cosquillas en la lengua.
—Ah —dijo el doctor Beto—. Entonces probemos otra cosa. Haz «aaa» tú sola, sin paleta.
Renata abrió la boca un poquito. Salió un «a» flaquito, como de ratón.
—No alcanzo a ver —dijo el doctor—. Tu «aaa» está muy escondido.
Renata lo intentó otra vez. Otro «a» flaquito. Al doctor se le cayó la lamparita sobre la nariz, y los dos se rieron.
Entonces Renata miró a su conejo. Tenía las orejas largas y la boca cosida en una rayita.
—Primero le toca a él —dijo.
El doctor Beto sonrió y le puso la paleta a la boca del conejo.
—Muy bien, señor Conejo. Di «aaa».
—Los conejos no hablan —dijo Renata—. Yo lo hago por él.
Y entonces abrió la boca bien grande y dijo:
—¡Aaaaaa!
—¡Ya la vi! —dijo el doctor—. Está rosada y sana, igualita a una fresa.
La paleta tocó la lengua. Renata sintió un cosquilleo chiquito, y luego nada. Ya no era tan malo.
Al salir, Renata se asomó por la puerta y le enseñó al conejo.
—Mira, tú también estás sano.
En el pasillo olía a limón. Renata sonrió y todavía dijo «aaa» una vez más, bajito, para oír cómo sonaba.