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Fabulada

Estaciones y climaEspañol de España

Julia y la hoja que no cambiaba

Julia tenía un árbol que era solo suyo, y era el único del bosque que seguía verde. Todos los demás ya se habían puesto naranjas.

Julia quería una hoja naranja. Una sola, para guardarla en el bolsillo.

—Vosotros ya sois naranjas —les decía a los árboles de al lado—. ¿Y el mío cuándo?

Su abuela, que barría el patio, le contestó sin levantar la vista:

—Hay cosas que tienen su turno, Julia.

Pero esperar era muy difícil.

Primero, Julia le habló a una hoja.

—Ponte naranja, por favor.

La hoja siguió verde.

Después le hizo cosquillas con una pluma. Nada. La hoja ni se rio.

Entonces Julia sopló fuerte, con las mejillas muy hinchadas.

—¡Fuuuu!

Salió volando su gorro, y no la hoja. El gorro se quedó colgado de una rama, muy tieso, como un pájaro.

Julia se sentó debajo del árbol, con los brazos cruzados. Miró el gorro. Miró el suelo. Y entonces vio algo.

Entre sus pies había hojas naranjas. Muchas. Habían caído de los árboles de al lado, y el viento las había traído hasta allí.

—Anda —dijo Julia.

Recogió una. Luego otra. Luego diez. Con un poco de barro las pegó, una por una, en las ramas bajas de su árbol.

Cuando la abuela se acercó, el árbol parecía vestido de fiesta.

—Mirad, mirad —dijo Julia, aunque solo estaba la abuela—. Mi árbol ya tiene hojas naranjas.

—Tiene muchas —dijo la abuela—. Y también tiene un gorro.

Se rieron las dos.

Soplaba un poco de viento. Las hojas pegadas temblaron, y detrás de ellas, arriba, en lo más alto, una hojita verde empezó a asomar un borde color naranja, despacito, como una galleta que se dora.

Julia no dijo nada. Se metió la mano en el bolsillo, apretó la que había guardado, y miró hacia arriba.

El árbol crujió suave, y todas las hojas susurraron a la vez.