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Itzel y el buzón sin dueño
Itzel era la cartera del pueblo de Lomas Chicas, y era la única que llevaba las cartas montada en una cabra llamada Pelusa.
Cada mañana, Itzel cargaba su bolsa. Cada mañana, Pelusa movía las orejas. Y cada mañana, Itzel decía:
—Una carta, una puerta. ¡Vamos, Pelusa!
Ese día había una sola carta que Itzel quería entregar más que todas. Era una carta azul, con una estampilla de pez. Pero el sobre se había mojado en la lluvia, y la dirección se había corrido. Solo se leía: «Para la casa del…».
—¿Del qué? —dijo Itzel.
—¡Bee! —dijo Pelusa.
Itzel probó primero con la casa del panadero. Toc, toc. El panadero miró el sobre y negó con la cabeza.
—Yo no espero ningún pez, Itzel. Solo harina.
Probó con la casa del molino. Nada. Probó con la casa de los patos. Los patos dijeron «cuac» y se fueron nadando.
Itzel se sentó junto al camino. Pelusa se puso a mordisquear la bolsa.
—¡Pelusa, esa es mi bolsa, no es tu desayuno!
Pero entonces Itzel miró bien. Pelusa no mordía la bolsa. Mordía la cuerda de un viejo buzón con forma de pez, escondido entre las hojas. Tenía las aletas pintadas de azul, igual que la estampilla.
—¡La casa del pez! —gritó Itzel—. ¡No era un «del qué»! ¡Era un «del pez»!
Corrió al buzón y lo abrió. Dentro había un nido pequeño, con tres huevos moteados y una mamá pájara que la miró muy seria.
Itzel metió la carta con cuidado. Adentro, la carta azul se abrió sola, y se oyó un piu, piu, piu muy suave.
—Una carta, una puerta —susurró Itzel.
Pelusa se acostó junto al buzón, y las dos se quedaron quietas, escuchando.