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Fabulada

EmocionesEspañol (Colombia)

El pajar de la rana de trapo

El pajar olía a heno y a tarde. Arriba, de una viga, colgaba una cuerda con un nudo gordo al final.

Manuela quería columpiarse en la cuerda con su rana de trapo. Se llamaba Doña Rana y tenía un ojo de botón y otro cosido con hilo.

Pero había una fila. Todos los niños de la granja esperaban su turno, y la fila era larga.

—Ya casi me toca —dijo Manuela.

Le tocó a Tomás. Se columpió una vez. Se columpió otra. Se columpió muchas.

Manuela apretó a Doña Rana. Sintió algo caliente en la barriga, como una olla que empieza a hervir.

—¡Ya! —gritó—. ¡Ya me toca!

Y de pura rabia, lanzó a Doña Rana por el aire. La rana cayó en el heno y echó a rodar, rodar, rodar, entre las pacas.

Manuela corrió tras ella. Casi la tenía, y la rana rodaba un poco más. Casi la tenía, y rodaba otra vez.

—¡Quédate quieta! —gruñó Manuela, con las mejillas rojas.

Le dio una patada al heno. Salió volando una nube de pajitas. Atchís, atchís, estornudó, y se rio sin querer.

Entonces se sentó. Respiró hondo, como cuando se sopla una sopa caliente. Una vez. Dos veces. La olla de su barriga se calmó un poco.

Miró a Doña Rana, que había quedado quieta junto a la escalera. Manuela se acercó despacito y la levantó.

—Perdón por tirarte —susurró—. Estaba muy enojada.

Cuando volvió a la fila, ya casi era su turno. Tomás le pasó la cuerda.

Manuela se agarró fuerte, con Doña Rana en el brazo. Subió, subió, subió, y el aire le movió el pelo.

Abajo, el heno brillaba dorado, y la olla de su barriga ya no hervía. Solo se oía el crujir suave de la cuerda: cric, cric, cric.