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Las manos de Mateo en la masa
Mateo quería sacar el pan del horno antes de que saliera el sol.
Era el panadero del pueblo, y todos los días se levantaba cuando la calle seguía oscura. Hoy tenía un trabajo más: cuidar la masa nueva, la que había dormido toda la noche en su cuenco. Si no la despertaba a tiempo, el pan no subiría.
—Arriba, masa —susurró Mateo—. Ya es de madrugada.
Pero la masa no se movió. Seguía plana y quieta, como una almohada aplastada.
Mateo la tapó con un trapo y esperó. Nada. La puso junto al horno, para que el calor le diera un abrazo. Nada otra vez.
En la cocina había un rincón oscuro, detrás de los sacos de harina. Mateo nunca iba allí de noche. Lo evitaba siempre.
—Bueno —dijo, y tragó saliva—. Mejor no mirar.
Entonces oyó un sonido pequeño. Plip, plip, plip. Venía justo de ese rincón.
Mateo tomó una vela y se asomó muy despacio. Allí, sobre un saco, estaba la jarra de la levadura. La tapa se había caído y la levadura se había enfriado. ¡Ayer se le olvidó dársela!
Mateo la calentó entre sus manos, hasta que se puso tibia. Y la levadura hizo burbujas: plip, plip, plip, como una sopa contenta.
—Arriba, masa —dijo Mateo, y la mezcló con cuidado.
Esta vez, la masa se movió. Primero un poquito. Luego más. Subió y subió, redonda y suave, hasta empujar el trapo como una nube.
Mateo sonrió. Metió el pan en el horno y se sentó en un banquito, con las manos calientes.
Afuera, el cielo empezó a ponerse rosa. Y en la cocina olía a pan, a pan tibio, a pan casi listo.
—Arriba, pan —susurró Mateo.
Y el horno hizo un crac suave, y después, nada más que un calorcito dulce.