EmocionesEspañol de España
El rotulador azul del lago
—Buenos días, Alma —dijo la señora del embarcadero, y Alma se escondió detrás de la pierna de papá.
Era su primer día en la orilla del lago. Allí los niños pintaban barquitos de papel y los dejaban flotar en el agua quieta, lisa como un espejo. Alma quería pintar uno. Lo quería azul, con una vela grande.
Papá le dio un beso en el pelo y se fue. Alma se quedó con un barquito blanco entre las manos. En la mesa solo quedaba un rotulador azul. Y un niño, Hugo, lo estaba mirando también.
Alma abrió la boca.
—Hola —dijo.
Le salió tan chiquito que ni ella lo oyó.
Probó otra cosa. Levantó la mano y la movió despacio, de un lado a otro. Hugo miraba al suelo. Nadie la vio.
Alma respiró hondo, como para apagar una vela de cumpleaños. Entonces se fijó en el lago. Cuando alguien soplaba, el agua se arrugaba un poquito y los barquitos se movían.
Puso su barquito blanco en el agua, sin pintar. Sopló.
—Fuuu.
El barquito se deslizó, despacio, hasta los pies de Hugo. Toc, chocó con el suyo.
Hugo levantó la cabeza. Sopló también.
—Fuuu.
El barquito de Alma volvió, bailando.
—¿Quieres tú el rotulador? —susurró Hugo.
Alma respiró hondo, como para apagar una vela.
—Podemos pintar con él los dos —dijo. Esta vez sí se oyó.
Desde la otra mesa, Emma los miró.
—¿Qué hacéis vosotros? ¡Venid, que aquí hay sitio, y contadme lo del soplido!
Alma y Hugo se miraron. Se rieron bajito. Después pintaron, uno a cada lado del rotulador. Alma hizo una vela azul. Hugo hizo olas azules, muchas, apretadas, hasta que el papel se puso un poco arrugado.
Dejaron los dos barquitos en el agua, uno junto al otro. Soplaron a la vez, suave.
Fuuu.
Los barquitos se alejaron despacio, y el lago se llenó de arruguitas que brillaban al sol.