Cuerpo y sentidosEspañol de España
Una noche muy tarde
Martina quiere que su papá no la oiga ni respirar. Esta noche él llega tarde a cenar, y ella se esconde debajo de la mesa para darle una sorpresa.
La cocina está en silencio. Hay velas encendidas y dos platos de sopa que humean. En la repisa, la lámpara pequeña brilla un poquito. Esa lámpara brilla más cuando alguien se ríe cerca, y en esa casa nadie lo encuentra raro.
De pronto, a Martina le pica la nariz. Es una cosquilla de pelusa, de las que traen un estornudo.
—Chist, nariz, chist —susurra.
Se tapa la nariz con dos dedos. La cosquilla sigue ahí. Aguanta el aire hasta ponerse roja. La cosquilla sigue ahí.
Entonces oye la llave en la puerta. Los pasos de papá se acercan. Martina mira las llamas de las velas. Se inclinan un poco cada vez que ella respira.
«Ya sé», piensa.
Coge una servilleta grande de la silla y se la pone en la cara, como un saco. Papá se sienta. Las velas tiemblan.
—Qué raro —dice él—. Me parecía que había alguien aquí.
La nariz de Martina se arruga, se arruga, se arruga.
—Chist, nariz, chist...
—¡ACHÍÍS!
La servilleta sale volando. Las velas se apagan todas de golpe, ¡fuu!, y la cocina queda a oscuras. Solo se ve la lámpara pequeña.
—¡Sorpresa! —dice Martina, saliendo de debajo de la mesa con el pelo despeinado.
Papá se queda quieto. Luego se le escapa una risa, y otra, y otra más. Martina también se ríe. La lámpara pequeña se pone tan brillante que se ve hasta la sopa humeando y la servilleta colgada de una cuchara.
—Menudo estornudo —dice papá, secándose los ojos.
Martina se sienta en su silla, con la nariz tranquila, y la luz se queda cálida sobre los dos platos.