Imaginación y fantasíaEspañol (Colombia)
Puerta Verde del Estanque
Salomé es la única niña del pueblo que saluda a las puertas.
—Buenas tardes, puerta —dice siempre, y toca tres veces.
Hoy lleva una canasta con pan y chocolate para las onces de su abuela. Tiene que llegar antes de que suene la campana de las cuatro. El camino da toda la vuelta al estanque, y es largo.
Pero junto a los juncos hay una puerta verde que ayer no estaba.
—Un atajo —susurra Salomé.
Se para frente a ella.
—Buenas tardes, puerta.
Toc, toc, toc. La puerta no contesta.
Salomé empuja con las manos. Nada. Empuja con el hombro. Nada. Empuja con la canasta y el pan casi se cae.
—Ay, no —dice—. Se me va a hacer tarde.
Un pato sale de los juncos, pasa a su lado y se mete por un huequito al pie de la puerta. Se va muy serio, con sus plumas mojadas, porque tiene un nido que cuidar. No mira a Salomé ni una vez.
—Tú sí puedes pasar —dice ella—. Y yo no.
Se agacha para mirar el huequito. En el suelo ve unas rayitas curvas, como un abanico, marcadas en la tierra. Las rayitas vienen hacia ella, no hacia la puerta.
Salomé piensa un momento. Luego agarra la manija y, en vez de empujar, jala.
—¡Cri-iiiic!
La puerta se abre despacio, con un ruido largo, como un bostezo.
Del otro lado hay un caminito de hojas grandes que flotan sobre el agua. Salomé pisa una, y luego otra. Las hojas se mecen, pero la sostienen. Al fondo ya se ve la casa de su abuela, con el humo saliendo de la chimenea.
—Gracias, puerta —dice sin voltear.
Llega a la cocina justo cuando la campana hace ¡tan, tan, tan, tan!
Su abuela sirve el chocolate. Salomé sopla la taza, y el vapor le hace cosquillas en la nariz.