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Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol (Colombia)

La cobijita en la almohada

—¿Dónde está mi cobijita? —preguntó Manuela, con los ojos casi cerrados.

Ya era hora de dormir. Manuela se puso la piyama, se lavó los dientes y se metió en la cama. Pero a su cobijita suave, la azul con borde de lana, no la veía por ningún lado.

—Yo la dejé aquí —dijo Manuela—. Sin mi cobijita no me puedo dormir.

Miró debajo de la almohada. Nada. Miró debajo de la cama. Solo encontró un tenis y una media.

—Tenis, ¿tú la viste? —preguntó.

El tenis no dijo nada, claro.

Entonces Manuela oyó un ruidito en el cuarto. Fru, fru, fru. Era la mecedora de la esquina, que se mecía solita, despacito. En esta casa la mecedora siempre se mece cuando alguien se ha sentado en ella ese día, y nadie lo encuentra raro.

—Ya sé que hoy me senté en ti —dijo Manuela—. Pero ahora no te necesito.

Fru, fru, fru, siguió la mecedora.

Manuela se quedó quieta. Algo no cuadraba. La mecedora se mecía más de un lado que del otro, como si algo la estuviera empujando.

Se acercó de puntitas. Por detrás del respaldo asomaba una puntita azul con borde de lana.

—¡Mi cobijita!

La cobijita se había quedado enredada entre los palos de la mecedora. Cada vez que la silla se mecía, la jalaba un poquito. Manuela tiró suave, y suave, y un poquito más. ¡Plop! La cobijita salió de golpe, y Manuela se sentó en el piso, riéndose.

—Gracias por cuidarla —le dijo a la mecedora.

Volvió a la cama y se tapó hasta la barbilla. La cobijita estaba tibia, suave como un gatito dormido.

Fru, fru, fru, hacía la mecedora, cada vez más despacio.

Fru.

Fru.

Y luego, nada. Solo la respiración de Manuela, que ya soñaba.