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Fabulada

Primeras vecesEspañol de México

El diente de Camila

—¡Crac! —dijo el diente de Camila, y Camila lo oyó desde adentro de la boca.

Dejó la cuchara en el plato y se tocó el diente con la lengua. Se movía de un lado a otro, como una puertita con el viento.

—Mamá, ¡mi diente se mueve!

—Qué bien —dijo mamá—. Ya casi está listo para salir.

Camila quería una sola cosa: que el diente saliera antes de la tarde. Ese día había picnic bajo el árbol grande, el que da sombra a todo el pueblo. Y ella quería llevar su primer diente en la mano para enseñárselo a todos.

Pero ir primero daba un poco de miedo.

Camila lo intentó. Se agarró el diente con dos dedos y tiró.

—¡Ay! —dijo—. No quiere.

Mordió una manzana. La manzana quedó con la marca de sus dientes, pero el flojo no se cayó.

—Sigue ahí —suspiró.

Salieron hacia el picnic. Para llegar había que cruzar el puente que canta. Cada paso suena distinto: do, mi, sol, la. Nadie en el pueblo lo encuentra raro. Así es el puente y ya.

Camila iba tan callada, pensando en su diente, que cruzó despacio, despacio. Y de pronto vio que el puente no cantaba como siempre. Cantaba más bajito, para no asustarla.

Entonces tuvo una idea. Dio un saltito.

¡Pum! El puente soltó una nota larga, redonda y graciosa: ¡pooooon!

Camila se rio tan fuerte que la boca se le abrió de par en par. Dio otro salto. ¡Pooooon! Y otro, y otro, riéndose con todos los dientes.

Algo pequeño le rebotó en la lengua. Escupió en su mano.

Allí estaba, blanco y chiquito como un grano de arroz.

—¡Mamá! ¡Salió! ¡Salió solito con la risa!

Camila lo levantó para que lo viera el sol. Debajo de ella, el puente tarareó una nota suave, suave, que se fue apagando río abajo.