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Fabulada

Oficios y comunidadEspañol (Uruguay)

Camila y la carta mojada

—¡Plic, plic, plic! —se oía desde el estanque.

Camila, la cartera del pueblo, frenó su bicicleta. Tenía una bolsa llena de cartas y una sola ruta: la calle de los patos. Ahí vivía la señora Pata Mimosa, que esperaba una carta de su hermana.

Camila quería entregarla antes del mediodía. Se lo había prometido.

Pero el camino de siempre estaba tapado. El agua del estanque había subido y cubría la calle. Flotaban hojas verdes por todos lados.

—Mmm —dijo Camila—. Por acá no se puede.

Probó por la derecha. Los juncos eran muy altos y la bicicleta se quedó trabada.

—Plic, plic, plic.

Probó por la izquierda. Ahí había barro. La rueda hizo «¡chof!» y se hundió.

Camila se sentó en una piedra. Nadie sabía cómo se llevaba una carta cuando el estanque crecía. Hacía mucho tiempo que no crecía.

Entonces miró las hojas. Eran grandes y redondas, y se quedaban quietas sobre el agua. Un patito saltó encima de una y no se hundió.

—¡Cuac! —dijo el patito—. Yo voy a buscar a mi mamá.

Él tenía su propio camino y no pensaba en el de Camila. Pero Camila se levantó de un salto.

—¡Las hojas! —dijo—. Son como pequeños botes.

Dejó la bicicleta bajo un árbol. Puso la bolsa sobre la cabeza y pisó la primera hoja. Se balanceó. Pisó la segunda. Se balanceó otra vez.

—Hoja, hoja, hoja —cantaba bajito—. Un pasito, otra hoja.

A la tercera hoja, una rana dio un brinco y la hoja se sacudió. Camila movió los brazos como un molino. No se cayó.

Así llegó, hoja por hoja, hasta la casa de la señora Pata Mimosa.

—¡Carta para usted! —dijo Camila.

La pata abrió el sobre con el pico. Estaba un poquito húmedo en una esquina, pero se leía muy bien.

—¡Cuac, cuac! —se rio la pata—. Mi hermana dice que ya viene a visitarme.

Camila miró el estanque. Las hojas se mecían una junto a otra, y el sol las hacía brillar. El patito pasó nadando muy cerca, y su cola dejó una rayita de agua que se fue abriendo despacito.