EmocionesEspañol
Elena y el volcán de migas
Elena estaba construyendo una torre de bloques cuando la torre se cayó. ¡Cras! Los bloques rodaron por toda la alfombra.
Elena quería una torre tan alta como la puerta. Llevaba toda la mañana con ella. Ya iba por el bloque veinte.
—¡No, no, no! —gritó.
Algo caliente le subió por la barriga. Le llegó al pecho y le apretó la cara. Era el enojo. Elena sentía que dentro tenía un volcán.
Pateó un bloque. Rodó debajo del sofá.
Entonces sonaron tres golpecitos en la ventana. Toc, toc, toc.
Era una paloma gorda, con una miga de pan en el pico. Entró de un saltito y dejó la miga sobre la alfombra.
—Vete —dijo Elena—. Estoy muy enojada.
La paloma no se fue. Había venido a buscar su desayuno, y en la casa de Elena siempre había migas. Caminó de un lado a otro, picoteando.
Elena respiró fuerte, como para apagar una vela. El volcán seguía allí. Lo intentó otra vez, y otra vez. Nada.
Entonces vio a la paloma. Con cada paso, la paloma inflaba el pecho: fuuu, y lo desinflaba despacio. Parecía un globito.
Elena infló la barriga como la paloma. Fuuu. La soltó despacio. Fuuu. Otra vez. Poco a poco, el volcán se hizo más pequeño. Ahora era como una sopa tibia.
—Sigo enojada —dijo Elena—, pero un poquito menos.
Se arrodilló y buscó los bloques. Encontró el que estaba debajo del sofá. Puso uno, y otro, y otro.
La paloma se comió la última miga y se subió al bloque más alto, justo encima de la torre.
La torre tembló. Elena aguantó la respiración.
La torre no se cayó.
La paloma arrulló: rruu, rruu. Y Elena, con la barriga tranquila y tibia, se sentó a mirarla.