Estaciones y climaEspañol de México
Una semilla en la chamarra
Itzel quería plantar su semillita ella sola, antes de que se acabara la tarde.
La había encontrado en el bolsillo de su chamarra amarilla. Era chiquita y redonda, como una lenteja.
—Abuela, ¿puedo plantarla en el huerto? —preguntó Itzel.
La abuela estaba cortando menta entre las abejas. Zzzz, zzzz, hacían ellas.
—Claro que sí, mi vida. Pero yo ahora tengo las manos llenas de hierbas. Tú sabes dónde está la pala chiquita.
Itzel corrió al cobertizo. La pala no estaba. Buscó detrás del balde, debajo de la escalera, dentro de una bota vieja. Nada.
—Pues entonces usaré una cuchara —dijo.
Fue a la cocina y tomó una. Pero la tierra del huerto estaba dura, dura como una galleta. La cuchara hizo clinc y se dobló.
Itzel se sentó junto a la menta y se quedó mirando. Una abeja caminaba por una hoja. Después se metió en un hoyito de la tierra, un hoyito que alguien ya había hecho. Salió con las patitas llenas de polvo amarillo.
—¡Un hoyito! —dijo Itzel—. Pero ese es de la abeja.
Entonces miró la lluvia de la mañana. Había dejado un charco blando al lado de las flores. Itzel metió el dedo. La tierra del charco se hundía como pan mojado.
—Aquí sí —susurró.
Hizo un hoyo con el dedo, hasta que le llegó al nudillo. Puso la semilla adentro. La tapó con las dos manos y le dio palmaditas: pam, pam, pam.
—Duerme rico, semillita —dijo.
Entonces algo le hizo cosquillas en el pie. Era la pala chiquita, asomando bajo la hoja grande de calabaza. La abuela se rio.
—Ahí la dejé yo ayer.
Itzel se rio también. Se puso la chamarra amarilla sobre las rodillas, y las abejas siguieron zumbando, zzzz, zzzz, sobre la tierra tibia.