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Nieve en el huerto
El huerto de Martina amaneció blanco.
Ella pegó la nariz a la ventana. Era la primera nevada del año, y Martina quería una sola cosa: un muñeco de nieve con la bufanda roja de su abuelo.
Salió corriendo con las botas desparejadas. Pero la nieve era tan fina como azúcar en una galleta. Martina hizo una bola y la bola se deshizo. Debajo asomó la hierba verde.
—Poquito a poquito —se dijo, como decía su abuelo.
Probó otra vez. Juntó nieve con las dos manos y se le escurrió entre los dedos. Un gorrión bajó a la valla y picoteó el suelo. Buscaba semillas, no ayudaba a nadie. Cada vez que Martina se acercaba, se movía un poco más allá.
—¿Vosotros no tenéis frío en los pies? —le preguntó Martina.
El gorrión no contestó. Siguió con sus semillas.
Martina saltó en el charco grande, el que sonaba como un tambor. ¡Bum! El charco rebotó y la nieve salió volando por todas partes. Martina se rio. Pero el huerto se quedó todavía más pelado.
Entonces vio algo. El gorrión se había posado sobre el muro, y allí la nieve era gruesa como una manta. El viento la había empujado hasta ese rincón.
—¡Ahí hay mucha! —dijo Martina.
Fue a por su cubo. Con la pala, rascó el muro, y el montón creció, poquito a poquito. Una bola. Otra más pequeña. Una tercera, del tamaño de una manzana. Las apretó una encima de otra.
Martina puso la bufanda roja al muñeco. Dos piñas por ojos. El gorrión se subió de un salto a la cabeza del muñeco y se quedó allí, como un sombrero.
—Eso no vale —dijo Martina, pero no lo echó.
Siguió nevando, muy flojito. Los copos caían sobre la bufanda sin hacer ningún ruido, y el charco-tambor dio un último bum, bajito, allá al fondo.