Imaginación y fantasíaEspañol de España
La luz azul de Vega
Vega era una dragona pequeña, y su fuego no se parecía al de nadie: era azul y no quemaba. Era frío como una gota de rocío. Vega lo guardaba en secreto.
—Chis —se decía—. Que nadie lo vea.
Aquella tarde quería una sola cosa: encender el farolillo del estanque. Colgaba de una rama, sobre los juncos, y los patitos lo seguían para volver al nido cuando oscurecía.
Pero el farolillo colgaba muy alto. Y ya se hacía de noche.
Vega saltó. No llegó.
Entonces tiró de la rama con las dos manos. La rama se dobló, se dobló, y ¡boing!, volvió a su sitio. El farolillo se meció como si se riera.
Vega lo intentó con la cola. La rama se dobló otra vez. ¡Boing! Y otra vez arriba.
Abajo, en el agua, una pata nadaba de un lado a otro.
—¡Patitos! —llamaba—. ¡Venid, venid! ¿Dónde os habéis metido, que no os veo?
—Estoy buscando a mis patitos —le dijo a Vega—. Sin luz se pierden entre los juncos.
Vega miró la rama. Miró el farolillo. Y se fijó en algo que antes no había visto: el farolillo no estaba atado. Solo colgaba de un lazo, sobre una ramita pequeña.
—¡No hay que tirar hacia abajo! —dijo—. Hay que empujar hacia arriba.
Se puso de puntillas y empujó el lazo con la punta de la cola. El farolillo se soltó y bajó despacito, hasta quedar justo delante de su nariz.
Estaba apagado. Vega tragó saliva.
—Es un secreto —susurró.
—Yo también tengo uno —dijo la pata—. Mis patitos son muy traviesos. Anda, enciende.
Vega sopló bajito. Una llama azul se encendió dentro del farolillo, clara y fresca.
Entre los juncos se oyó un «cuac, cuac, cuac». Uno, dos, tres, cuatro patitos salieron nadando en fila hacia la luz azul, y el agua entera se llenó de pequeños destellos.