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Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol (Argentina)

Mía y el estornudo gigante

Mía tenía una nariz que estornudaba tan fuerte que movía las cortinas. Y esa mañana quería una sola cosa: llevarle a la abuela Rosa una maceta con una florcita de pétalos finitos, sin que se le cayera ni uno.

La abuela vivía en el piso de arriba. La escalera de su casa era rara. Subir era cortito, pero bajar era larguísimo. Nadie en el edificio se asombraba. Todos decían: "Así es esta escalera".

Mía agarró la maceta con las dos manos y empezó a subir.

Un escalón. Dos escalones. Tres.

—Ay, no —susurró.

Le picaba la nariz. Los pétalos tenían un polvito amarillo, y el polvito le hacía cosquillas.

—Aaa... aaa...

Mía apretó los labios y se tapó la nariz con el hombro. Respiró hondo. Pero la nariz seguía picando.

Entonces probó otra cosa. Dejó la maceta en un escalón y se puso a contar hasta diez, bien despacito. Casi llegaba al ocho cuando...

—¡AAA... CHÍS!

El estornudo salió tan fuerte que la maceta dio un salto. Mía la atrapó en el aire, con los ojos bien abiertos. Los pétalos temblaron. Ninguno se cayó.

—Uf —dijo Mía.

Pero la nariz estaba preparando otro. Mía miró la florcita, miró su nariz y tuvo una idea. Se dio vuelta, dejó la maceta apoyada contra la pared, lejos de su cara, y estornudó hacia el hueco de la escalera.

—¡AAA... CHÍS!

El estornudo bajó, bajó y bajó por la escalera larguísima. Tardó tanto en llegar abajo que Mía alcanzó a decir "chau" antes de oírlo rebotar en la puerta de la calle.

Después subió los escalones que faltaban, con la maceta bien abrazada y la nariz quietita.

La abuela Rosa abrió la puerta.

—¡Qué flor linda! —dijo—. Y escuché algo que venía de abajo…

Mía sonrió. Puso la maceta en la ventana, y la florcita se quedó ahí, quietita, con todos sus pétalos, moviéndose apenas con el aire tibio de la tarde.