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Un barquito de papel
El puerto está lleno de barcas pequeñas que se mecen en el agua. Esta tarde llueve, y Alma mira por la ventana de su casa.
Alma quiere una cosa: un barquito de papel para la charca grande del muelle. Tiene una hoja blanca y tiene prisa. Pero el papel con los pasos se ha perdido, y el abuelo duerme en su sillón.
—Ya me acuerdo yo —dice Alma.
Dobla la hoja por la mitad. Dobla las esquinas. Dobla, dobla, dobla. Sale un avión.
—Esto no flota —dice.
Lo prueba en la charca, bajo la lluvia. Plin, plin, plin, suena el agua. El avión se moja y se hunde despacio, como una sopa.
Una gaviota se ha metido bajo el toldo del muelle. No está allí para ayudar a nadie. Solo quiere secarse las plumas. Se sacude y hace «¡achís!», un estornudo de gaviota.
Alma se ríe. Coge otra hoja. Dobla, dobla, dobla. Esta vez sale un sombrero, puntiagudo, de payaso.
—Tampoco es un barco —suspira.
Se lo pone en la cabeza, para que no se moje. Plin, plin, plin, suena la lluvia sobre el papel. Una gota resbala por la punta y le cae justo en la nariz.
Alma se quita el sombrero. Lo mira. Tiene la punta arriba, y los lados anchos, y el fondo plano. Le da la vuelta despacio.
—¡Anda! —dice—. Si es un barco con el sombrero al revés.
Lo pone en la charca. El sombrero se queda quieto, redondo y derecho. Flota.
La gaviota estira el cuello para mirar. La lluvia sigue cayendo, plin, plin, plin, y cada gota hace un anillo pequeño alrededor del barquito.
Alma se agacha, con las rodillas mojadas, y escucha cómo la lluvia toca el papel.