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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol (Uruguay)

La estrella del patio

Delfina quería llevar a la estrella de vuelta al cielo antes de que se hiciera de día.

Había caído en el patio, entre la manguera y el limonero. Era chiquita, del tamaño de una pelota, y brillaba como una linterna.

—Ay —dijo la estrella—. Me dolió la punta.

—No te preocupes —dijo Delfina—. Yo te subo.

Primero probó con los brazos. Levantó la estrella y estiró todo el cuerpo, en puntas de pie. Pero el cielo seguía lejísimos.

—Mirá, no llego —dijo.

Después probó con la escalera del abuelo. Subió un escalón, dos, tres. La escalera hizo crac, crac, y Delfina bajó rapidito.

La estrella suspiró. Su luz se puso más débil.

—Es que pesás mucho —dijo Delfina—. Pesás como una sandía.

Entonces vio algo. Al lado del limonero, una fila de hormigas pasaba cargando una miga enorme. Una sola no podía con ella. Pero eran muchas, y la miga avanzaba, avanzaba.

—Ahá —susurró Delfina.

Corrió a la casa y despertó a su hermano Tomás, que dormía con la boca abierta. Despertó a la gata Pepa, que se estiró despacio. Y despertó al abuelo, que llegó con la bata al revés.

—¿Qué pasa en este patio a medianoche? —preguntó.

—Una estrella —dijo Delfina—. Vení, ayudanos.

Todos juntos se pusieron abajo de la estrella. Tomás agarró un lado. El abuelo, el otro. Delfina empujó por el medio. Y Pepa, que no sabía hacer nada de eso, saltó encima y se sentó.

—¡Pepa, bajá! —dijo Tomás.

—Mejor que se quede —dijo la estrella, riéndose—. Me hace cosquillas.

—A la una, a las dos, ¡a las tres!

Subieron la estrella sobre el techo del gallinero. De ahí, un último empujón. La estrella se despegó, flotó, flotó, y se fue arriba, arriba, hasta quedarse quieta entre las otras.

Pepa maulló, mirando el cielo.

El patio quedó en silencio. Las hormigas seguían pasando con su miga, y desde muy arriba, chiquito y claro, algo parpadeó una vez, y otra vez, como un guiño.