EmocionesEspañol (Uruguay)
Una cuchara que cantaba
La cuchara de madera estaba en el bolsillo de la campera nueva, y cantaba bajito. Tin, tin, tin.
Renata la sacó y la miró con los ojos redondos. En la casa de la abuela Nilda todos las usaban así, sin asombrarse. Las cucharas cantaban cuando alguien tenía ganas de hacer amigos.
Y Renata tenía ganas. Era su primer día en la escuela del pueblo y quería jugar con los chicos del patio. Pero tenía la garganta chiquita, chiquita, y la voz no le salía.
—Hola —dijo Renata. Salió un susurro, como el de una hoja.
Nadie la escuchó. Los chicos corrían alrededor de la pileta vacía, que ahora era un barco.
Renata probó otra vez, más cerca.
—Hola. ¿Puedo...?
Pero un chico gritó "¡Tormenta!" y todos se fueron corriendo. Renata se quedó sola, apretando la cuchara.
Entonces se le ocurrió algo. No tenía que decirlo con la voz. Se sentó en el borde de la pileta y golpeó la cuchara contra el piso.
Tin, tin, tin.
La cuchara cantó fuerte. Tan fuerte, que se le escapó un ¡pling! muy chistoso, como un hipo.
Los chicos frenaron. Un nene con rodillas raspadas se asomó.
—¿Qué es eso?
—Una cuchara —dijo Renata—. Canta cuando uno quiere hacer amigos.
—¿Y vos querés?
Renata miró la cuchara. Sintió el calor de la madera en la mano.
—Sí —dijo. Esta vez la voz salió entera.
—Entonces vení —dijo el nene—. Sos la que toca la campana del barco.
Renata se subió a la pileta vacía. Levantó la cuchara y la hizo sonar: tin, tin, tin. Todos se rieron y remaron con los brazos.
Y en el bolsillo de la campera, todavía tibia, la cuchara siguió cantando bajito.