EmocionesEspañol (Uruguay)
Un botón rojo en el pasto
Camila encontró un botón rojo, enorme, tirado entre los dientes de león. Era del tamaño de un plato. Tenía cuatro agujeritos y brillaba al sol.
—¡Qué raro! —dijo—. Debe de ser el botón de la campera de un gigante.
Camila quería una sola cosa: armar un barrilete con la bolsa de papel y las tres varitas que traía. Quería que volara antes del atardecer, porque a esa hora su papá la llamaba para volver a casa.
Ató las varitas. Pegó el papel. Soltó el barrilete. Pero el barrilete dio una vuelta y cayó. ¡Plaf!
—Otra vez —dijo.
Lo intentó de nuevo. Plaf. Y otra vez. Plaf. A la cuarta, el papel se rompió.
Camila sintió algo caliente en la panza. Le subió por el pecho, le llegó a las orejas y le puso la cara roja como el botón.
—¡Estoy enojada! —gritó—. ¡Enojada, enojada, enojada!
Pateó el pasto. Miles de semillas salieron volando, como una nevada al revés. Camila se quedó quieta, mirando.
—Uy —susurró.
Se sentó sobre el botón rojo. Respiró hondo, como cuando se sopla una vela. Las semillas siguieron bajando despacito.
Y entonces se dio cuenta de algo. Las semillas volaban solas. Eran livianitas, con un paraguas de pelusa.
—Livianas —dijo—. Mi barrilete pesa demasiado.
Con cuidado, le sacó una varita. Cortó la bolsa por la mitad. Lo hizo más chiquito y más liviano. Después le colgó una cola de pelusa de diente de león.
El sol ya estaba bajito y anaranjado. Camila corrió. Corrió, corrió, corrió.
El barrilete subió. Tembló un poquito, como si tuviera cosquillas, y se quedó arriba, bailando entre las semillas.
—¡Camila! —llamó su papá desde lejos.
Ella no contestó enseguida. Sostuvo el hilo con las dos manos, sintió el tironcito del viento y escuchó el papel: frrrr, frrrr, frrrr. Era un sonido tranquilo, como un gato contento.