EmocionesEspañol (Argentina)
La campera de Camila
—Quiero ir yo —dijo Camila, y se subió la cremallera de la campera hasta la nariz.
Era el primer día en la escuela nueva. Mamá le había dado un trabajo: llevar el frasco de pintura azul hasta la maestra, sin que se cayera ni una gota.
Camila quería llevarlo ella sola. Pero al llegar a la puerta del salón, se quedó quieta. Adentro había mucho ruido y muchos chicos que ya se conocían.
—Hola —dijo muy bajito.
Nadie la escuchó.
Entonces hizo otra cosa. Dio un paso más fuerte, para que el piso hiciera ruido. Pero el piso era de goma y no hizo nada.
—Hola —dijo otra vez, un poco más fuerte.
Un nene gritó algo sobre una rana, y los demás se rieron. Otra vez nadie la escuchó. Camila apretó el frasco contra la panza. Sentía las mejillas calientes, como pan recién hecho.
Entonces miró el frasco. La tapa tenía una rayita azul, y una gota chiquita empezaba a asomar.
—¡Uy! —dijo Camila, y le dio una vuelta a la tapa.
¡Crrrrac! La tapa hizo un ruido enorme, como una ramita al partirse.
Todos se dieron vuelta. Camila abrió la boca.
—Es que… —dijo—. Es que esto es azul. Y yo tengo que llevarlo.
—¿Azul de verdad? —preguntó una nena con trenzas.
—Azul de verdad —dijo Camila—. Mirá.
Levantó el frasco, con las dos manos, y la nena se acercó. Después se acercaron tres más. Camila caminó despacio hasta la maestra, con los chicos a su lado, y nadie empujó.
La maestra tomó el frasco.
—Gracias, Camila. Justo lo estábamos esperando.
Camila se bajó la cremallera de la campera, hasta la panza. Una cosquilla tibia le subió por el pecho, y desde el fondo del salón alguien gritó: «¡Azul, azul, azul!», y los demás lo repitieron.