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Fabulada

Primeras vecesEspañol

Mateo y la hora de las flores

Mateo quería saber cuánto había crecido, y por eso fue a ver a la doctora Luz.

La consulta estaba en una azotea con un jardín. Allí cada flor se abría a su hora, y nadie lo encontraba raro. Las campanillas se abrían a las cuatro. Las amarillas, a las cinco.

—Pasa, Mateo —dijo la doctora—. Primero la báscula, luego la regla. Pero la regla está dentro del armario azul.

Mateo fue al armario y tiró de la puerta. Nada. Tiró otra vez. Nada.

—La puerta solo se abre desde el otro lado —dijo la doctora, y se encogió de hombros—. Siempre ha sido así.

Mateo empujó. Mateo tiró. Mateo dijo «ábrete» con su voz más fuerte. La puerta siguió quieta como una piedra.

—Voy a probar otra cosa —dijo.

Se quedó callado y miró alrededor. Entonces vio que el armario tenía una rendija abajo, y que por ella asomaba una cinta de colores. Era la cinta de medir. Mateo la agarró con dos dedos y tiró muy despacito.

—Plip, plip, plip.

La cinta salió, larga como una serpiente de tela.

—¡Ya está! —dijo Mateo.

La doctora Luz abrió los ojos.

—Pues yo pensaba usar la regla —dijo—. Pero esta sirve mejor.

Mateo se puso de pie contra la pared, derecho, derechito. La doctora estiró la cinta desde el suelo hasta su cabeza.

—Un poquito más alto que en primavera —dijo.

—¿Cuánto es un poquito?

—Como un dedo.

Mateo se miró los pies y movió los dedos de uno en uno, para ver cuál había crecido.

En ese momento, en el jardín, algo hizo pop. Las campanillas se abrieron todas a la vez, justo a las cuatro. Mateo y la doctora se asomaron.

Las campanillas moradas se movían con el viento, y la cinta, que seguía en la mano de Mateo, se movía con ellas.