Oficios y comunidadEspañol (Argentina)
Renata y la bolsa mojada
Renata iba por la calle de los Naranjos con la bolsa de cartas al hombro. Tenía que entregar siete cartas antes de que sonara la campana de la plaza. Eran las cartas de todo el pueblo, y ella era la cartera.
La última carta era para el señor Olmos, el de la casa azul. Tenía un sello de pájaro y olía a lluvia.
—Casa azul, casa azul —cantaba Renata—. Pasito a pasito, casa azul.
Pero al doblar la esquina, la casa azul no estaba. Había una casa verde. Y otra amarilla. Y otra con un gato en el techo.
Renata miró la carta. Miró las casas. Todas se parecían un poco.
—Me perdí —dijo en voz baja.
Probó por la derecha. Llegó a un portón cerrado. Probó por la izquierda. Llegó a un charco enorme. ¡Plof! Metió una zapatilla hasta el tobillo.
—Está bien —se dijo, sacudiendo el pie—. Si no sé dónde estoy, vuelvo a donde sí sabía.
Entonces volvió. Primero el charco. Después el portón. Después la esquina. Y contó cada paso, como cuando uno juega a la rayuela.
Un paso, dos pasos, tres pasos. Pasito a pasito.
Al llegar a la primera casa de la calle, vio algo que antes no había mirado. Una puerta tenía una campanita con forma de pájaro. Igualita al sello de la carta.
—¡Pájaro! —dijo Renata.
Fue derecho a esa puerta, y la puerta era azul. Solo que el sol del mediodía la había puesto un poco celeste, y por eso ella no la había reconocido.
Tocó la campanita. ¡Tilín, tilín!
—¡Mi carta! —dijo el señor Olmos, abriendo con una sonrisa—. Justo la estaba esperando.
Renata se la dio con las dos manos. Después se sentó un momento en el escalón, con la zapatilla mojada al sol, y escuchó cómo la campana de la plaza empezaba a sonar: dong, dong, dong.