Estaciones y climaEspañol (Uruguay)
Nieve en la nariz de Camila
Camila era la única niña del pueblo que tenía una nariz que sabía avisar. Cuando algo cambiaba en el aire, le picaba, y entonces ella estornudaba: ¡achís!
Esa mañana le picó muy fuerte.
—Mamá, va a nevar —dijo Camila—. Es la primera nevada. Mi nariz lo sabe.
Camila quería una cosa nada más: atrapar el primer copito con la lengua. Antes que nadie.
Se puso la campera roja, la bufanda y los guantes, y salió al patio. Miró el cielo. Estaba gris y quieto, como una sopa sin revolver.
Esperó. Nada.
Esperó más. Nada.
—Vení, nieve —dijo—. Ya estoy lista.
Pero la nieve no venía. Camila abrió la boca y sacó la lengua bien larga. Le entró una hojita seca. ¡Puaj!
Entonces se le ocurrió una idea. Subió a la escalera del patio, para estar más cerca del cielo. Abrió la boca otra vez. Tampoco vino nada.
Se quedó pensando. Su nariz seguía picando, picando.
—Nariz, ¿vos no te habrás equivocado?
Justo entonces algo le hizo cosquillas en las pestañas. Algo frío y chiquito. Camila cerró los ojos. Miró hacia arriba, bizca, y lo vio apoyado sobre la punta de su propia nariz: un copito blanco.
—¡Ay! —dijo—. ¡Estaba acá todo el tiempo!
Quiso lamerlo, pero la lengua no le llegaba. Estiró, estiró, y casi se cae de la escalera. El copito se derritió: una gotita.
Camila se rió. Y otro copito bajó, y otro más. Esta vez dejó la boca abierta, bien abierta, y esperó.
Uno le cayó en la lengua. Era frío y no sabía a nada, solo a mañana.
—Nariz —susurró—, tenías razón.
Y mientras la nieve bajaba despacito por todo el patio, Camila oyó un sonido suave, como si el mundo se tapara con una manta: shhhh.