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Fabulada

EmocionesEspañol

Oso y la sombra larga

—¿Oyes eso, Oso? —dijo Camila—. Es el tren de la abuela. Se va.

Camila estaba sentada en el banco de la estación, con su oso de trapo en las rodillas. La abuela se había ido esa mañana. Camila quería que volviera ya, ya, ya. Y la abuela estaba lejos, muy lejos.

Camila apretó a Oso y esperó. Nada. La abuela no llegó.

—Entonces voy a llamarla —dijo.

Gritó con toda su voz: —¡Abuela! ¡Abuela!

Solo se movieron las hojas del árbol. Una paloma ladeó la cabeza y siguió picoteando migas. Tenía su propio trabajo y no pensaba ayudar.

Camila se sentó otra vez. Tenía la barriga hueca, como un globo sin aire. Echó una mirada al suelo. Allí estaba su sombra, tirada a lo largo del andén, quieta y alargada.

En ese pueblo las sombras llegaban tarde. Se quedaban unos pasos atrás y alcanzaban a su dueño solo al mediodía. Nadie lo encontraba raro.

—Mira, Oso —susurró Camila—. Tu sombra ya viene. La mía también.

Entonces se le ocurrió algo. La abuela siempre le decía: «Cuando me extrañes, cuéntame un cuento». Camila no tenía a la abuela, pero tenía una sombra.

Se puso de pie y levantó los brazos. La sombra los levantó, un poquito tarde.

—Sombra, ven —dijo—. Te cuento lo que hice hoy.

Y le contó. Que había comido pan con miel. Que Oso se había caído del banco. Que la paloma era una grosera.

—Cuac —dijo Oso, porque a Camila se le escapó una voz de pato. Se rio sola.

La paloma se asustó y salió volando. Camila se rio más fuerte.

Las campanas dieron las doce. La sombra llegó de golpe a sus pies, pegadita, tibia como una manta. Camila se agachó, abrazó a Oso y sintió el sol en la espalda.

—La abuela vuelve —dijo bajito—. Y yo ya tengo mucho que contarle.