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Fabulada

EmocionesEspañol (Colombia)

El mapa torcido de Manuela

En el pueblo del faro, la luz pintaba las paredes de un color distinto cada noche. Nadie se asombraba. Era así.

Manuela vive en una casa blanca junto al faro. Su abuela Lola se fue una semana a casa de su hermana, y Manuela la extraña mucho. Quiere verla hoy, ahora mismo.

—Qué lejos queda la casa de abuela —dice.

—Faltan tres noches —dice mamá, mientras revuelve la sopa.

Manuela agarra un esfero y dibuja un mapa de memoria. Pone la casa de abuela, el río y el gato Tomás. Pero el río sube la loma, y el gato sale más grande que la casa.

Se pone los tenis y sigue el mapa por el patio. Da una vuelta, da otra y llega al gallinero.

—¡Cuac! —grita un pato, sentado sobre el papel.

Manuela se ríe un poquito. Luego se le pasa.

—Mamá, ¿me llevas?

—Hoy no, mi cielo. Es muy lejos.

Manuela se sienta en la escalera. Prueba a recordar la voz de abuela y no le sale entera. Se queda quieta, con los codos en las rodillas.

—Qué lejos queda la casa de abuela —susurra.

Cae la noche. Arriba, el faro gira, y la luz pasa por la pared del cuarto. Esta noche es amarilla.

Manuela levanta la cabeza. Es el amarillo de la cocina de abuela, el de las onces con arepa y agua de panela.

Entonces corre a la mesa. Sirve dos tazas y arrastra la silla de mamá hasta la pared, justo donde llega la luz. Pone una taza delante de la silla vacía y se sienta en la otra.

—Ten, abuela —dice bajito—. Está calientica.

La luz amarilla se desliza despacio por la pared. Pasa sobre la silla, pasa sobre las dos tazas, y luego vuelve, tibia, a pasar otra vez.