Familia y hogarEspañol de México
Un limón en la pared
Cuando Valeria abrió la puerta de la casa nueva, vio un limón pegado en la pared del cuarto vacío. No era un limón de verdad. Alguien lo había pintado, redondo y amarillo, justo a la altura de su nariz.
—Ese es tu cuarto —dijo mamá.
Valeria miró el piso desnudo y las cajas apiladas. Todo olía a pintura y a polvo. En la casa vieja, su cuarto olía a galletas.
—Yo quiero que huela a mi casa —dijo en voz baja.
Entonces se acordó de su lámpara de luna. Era chiquita y redonda, y con ella el cuarto siempre se sentía suyo. Valeria buscó en la caja que decía CUARTO DE VALE. Sacó la lámpara y la puso en el piso.
Giró el botón. Nada.
Lo giró otra vez. Nada.
—Se rompió con el viaje —dijo, y sintió que le picaban los ojos.
Probó otro enchufe, y otro. Nada, nada. Papá pasó con una caja y dijo:
—Mañana compramos un foco, Vale.
Pero ella no quería mañana. Quería su luz ahora.
Se sentó junto al limón pintado a pensar. Afuera, el sol bajaba y se colaba por la ventana. Una mancha dorada se estiró por el piso y llegó hasta la lámpara. La lámpara brilló, redonda y amarilla, como si se hubiera encendido sola.
Valeria parpadeó. Después movió la lámpara hacia la pared, junto al limón. Ahora había dos redondos amarillos, uno al lado del otro.
—¡Mira, mamá! ¡Mi luna se hizo amiga del limón!
Mamá se asomó y sonrió. Valeria sacó su cobija de la caja y la tendió debajo de la ventana. Desde la cocina llegó un olor tibio, y luego un ¡pop! de la sartén.
—¡Hice galletas! —gritó papá—. Salieron un poco quemadas.
Valeria olió el aire. Olía a galletas, un poquito quemadas.
La mancha de sol se fue quedando quieta sobre la cobija, y Valeria se acostó dentro de ella, con la lámpara a un lado y el limón al otro.