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Fabulada

Primeras vecesEspañol (Uruguay)

Un puente que suena

Al lado de la escuela de los patos había un puente de madera, y cada paso sobre el puente sonaba distinto. Pim, pam, pum, plin.

Delfina lo cruzaba de la mano de su papá. Era su primer día de escuela y llevaba una remera amarilla y un dibujo para la seño. Lo había hecho ella sola: un sol con ocho rayos.

—¿Querés que lo lleve yo? —preguntó papá.

—No. Lo llevo yo —dijo Delfina.

Quería entregarlo con su propia mano. Quería que la seño dijera: «Qué lindo sol».

Pero en el medio del puente llegó un viento travieso. ¡Fuuu! Le arrancó el dibujo y lo llevó por el aire, arriba y abajo, como una hoja.

—¡Mi sol! —gritó Delfina.

Corrió. Pim, pam, pum. El papel cayó en la baranda. Ella estiró la mano, pero el viento lo levantó otra vez.

Delfina probó de nuevo. Se agachó despacito y se acercó de costado. ¡Fuuu! El dibujo salió volando.

Entonces se quedó quieta. Escuchó el puente. Cada vez que el viento soplaba, las tablas hacían plin, plin, plin. Y entre un soplido y otro había un silencio chiquito.

—Ahí —susurró.

Esperó. Fuuu... plin, plin, plin... y silencio. En ese silencio, Delfina dio un salto largo y se sentó encima del papel con las dos manos abiertas.

—¡Lo agarré!

Papá se rió. Un pato que cruzaba con su mochila también se rió: cuac.

El dibujo tenía una arruga en una punta, pero el sol seguía con sus ocho rayos.

Delfina lo sostuvo contra el pecho, bien fuerte, y cruzó lo que quedaba del puente. Pim, pam, pum, plin. En la puerta de la escuela, la seño la esperaba con los brazos abiertos.

—Mirá —dijo Delfina—. Lo hice yo.

Y le dio el sol.