Familia y hogarEspañol de México
Una chamarra roja para Leo
En la casa de Leo había una cuna nueva junto a la ventana, y todo olía a leche tibia.
Leo tenía cuatro años y quería una sola cosa: que su hermanita Lola lo mirara a él. Pero Lola miraba la lámpara. Miraba la cortina. Miraba a mamá. A Leo, nada.
—Hola, Lola —dijo Leo—. Soy yo.
Lola bostezó. Nada más.
Leo hizo una cara de pez. Nada. Se puso un calcetín en la mano y lo hizo hablar con voz de pato. Lola cerró los ojos y se durmió.
—Ay —suspiró Leo—. Es muy dormilona.
Se sentó en el piso, junto a la cuna. Entonces vio que Lola abría un ojito. No miraba la cara de Leo. Miraba algo rojo.
Era su chamarra, la que tenía colgada en el cuello. Leo la movió despacito a la derecha. El ojito fue a la derecha. La movió a la izquierda. El ojito fue a la izquierda.
—¡Mamá! —susurró Leo—. ¡Me está mirando!
—Mira a tu chamarra —dijo mamá, sonriendo—. Los bebés ven primero lo que es muy rojo.
Leo pensó un momento. Se puso la chamarra, subió el cierre hasta la barbilla y se asomó por encima de la cuna.
—¡Cu-cú! —dijo.
Lola abrió los dos ojos. Abrió la boca. Y soltó una risita chiquita, como una burbuja que revienta: ¡pop!
—¡Se rió! —gritó Leo, y se tapó la boca—. ¡Perdón! ¡Se rió!
Lola ya no miraba la lámpara. Estiró una manita y agarró el cierre de la chamarra, bien fuerte.
—Hola, Lola —dijo Leo muy bajito—. Soy yo.
Y Lola no lo soltó. Afuera empezó a llover, y en la cuna se oía su respiración, suave y calentita, junto a la de Leo.