Primeras vecesEspañol (Colombia)
Manuela y el termómetro que cantaba
En el consultorio del doctor Ramírez, el termómetro cantaba una canción distinta para cada niño.
Manuela estaba sentada en la camilla, con los tenis colgando. Había ido a la visita del doctor y quería una sola cosa: que le pusieran la calcomanía de estrella al final. Se la daban a todos los que no lloraban.
—Primero, la temperatura —dijo el doctor Ramírez.
Le puso el termómetro bajo el brazo. Pero el termómetro no cantó nada. Solo hizo: «pip».
—Qué raro —dijo el doctor—. A todos les canta algo. Voy por otro, ya vuelvo.
Manuela se quedó quieta. Le dio un poquito de susto. ¿Y si sin canción no había estrella?
Primero probó a respirar muy hondo. El termómetro siguió callado.
Luego probó a quedarse sin moverse, como una estatua. Nada. Solo el reloj de la pared: tic, tic, tic.
Entonces Manuela se fijó en algo. El termómetro estaba un poco torcido, y la punta no tocaba su piel.
—Ah —susurró—. Tienes que hacerme cosquillas.
Se apretó el brazo contra el cuerpo, bien fuerte. Y el termómetro empezó a zumbar bajito, como una abeja contenta. Luego subió y bajó, y sonó una canción con tres notas largas y una corta.
Manuela soltó una risita. Después la risita se volvió carcajada, y la carcajada le movió el brazo, y el termómetro cantó más fuerte y desafinado.
El doctor Ramírez entró con otro termómetro en la mano y se quedó parado en la puerta.
—Vaya —dijo—. Es la primera vez que uno canta en una carcajada.
—Es mi canción —dijo Manuela—. Tres largas y una corta.
—Treinta y seis y medio —dijo el doctor, mirando el número—. Perfecta.
Después la escuchó el corazón, le miró la garganta y le dijo «aaaah», y Manuela dijo «aaaah» todavía más largo.
Al final, el doctor le pegó la estrella en la mano. Brillaba bajo la luz de la ventana.
Manuela apretó el brazo una vez más, solo para oír el termómetro. Tres largas, una corta, y el consultorio entero se quedó escuchando.