Saltar al contenido
Fabulada

Primeras vecesEspañol

El diente de Elena

En el muelle del lago, una barca pequeña flotaba sobre el agua quieta como un espejo.

Elena estaba sentada en ella con su abuelo Tomás. Tenía un diente flojo, el de abajo, y quería sacárselo antes de que se pusiera el sol. Esa noche era la noche de los dientes, y el Ratón de las Barcas solo pasaba una vez.

—Mueve, mueve —decía su abuelo, que pescaba con calma.

Elena movió el diente con la lengua. Se movía, pero no se caía.

Primero mordió una manzana. Crac. El diente siguió en su sitio.

Luego se frotó la boca con las dos manos y dijo:

—Sal, diente, sal.

El diente no salió.

El sol ya estaba bajito y el agua se ponía naranja. Elena suspiró. Su aliento hizo un ruidito, fiii, y de pronto una burbuja de la hierba del lago hizo glup.

—Qué risa —dijo Elena.

Y se rio. Se rio tan fuerte que la barca se meció, y el abuelo casi se cae con su caña.

—¡Cuidado! —dijo él.

Entonces Elena notó algo raro en la boca. Se tocó con la lengua. El diente ya no estaba. Lo buscó con los dedos y lo vio brillar en el fondo de la barca, pequeño y blanco como un grano de arroz.

—¡Se cayó con la risa! —gritó.

—Pues mira tú —dijo el abuelo—. Yo estaba pescando y tú sacabas dientes.

Elena envolvió el diente en su pañuelo y lo puso en el borde de la barca, donde el último sol lo calentaba. Después se quedó quieta, con el hueco nuevo en la sonrisa.

Detrás de las cañas, el agua hizo glup otra vez, muy bajito. Y algo pequeño, con bigotes, asomó la nariz.

—Shhh —susurró Elena—. Ya viene.

El lago se quedó en silencio, y la barca siguió meciéndose, despacito, despacito.