Cuerpo y sentidosEspañol de México
Renata y las huellas brillantes
—Hoy me cepillo los dientes yo sola —dijo Renata, y se puso la playera de dormir al revés.
Quería enseñarle a Mamá una sonrisa que brillara. Mamá doblaba la ropa en el cuarto de al lado, y Renata quería que fuera una sorpresa.
Renata fue al baño descalza. Sus pasos dejaban huellas que brillaban un poquito sobre el piso. Así eran las huellas allí: brillaban una hora y luego se apagaban.
Apretó la pasta. ¡Plop! Cayó una montaña blanca en el cepillo, y otra en el suelo.
Se cepilló rápido, rápido. Pero ya no sabía qué dientes había lavado. ¿Los de arriba? ¿Los de atrás? Todos se sentían igual de resbalosos.
—A ver, otra vez —dijo.
Contó en voz alta. Uno, dos, tres, cuatro… y se perdió en el siete, porque la espuma le llegó hasta la nariz. Parecía un bigote de abuelo.
Entonces se le escapó un hipo. Salió una burbuja, y luego otra. Renata se rio, y la espuma voló hasta el espejo.
Se quedó quieta. Miró el piso. Sus huellas formaban un camino que daba vueltas y vueltas junto al lavabo, y todas brillaban.
—Una huella, un diente —susurró.
Pisó la primera huella y cepilló arriba, abajo, vuelta y vuelta. Pisó la segunda y cepilló otro rincón. Arriba, abajo, vuelta y vuelta. Fue de huella en huella, y cada diente tuvo su turno.
Cuando llegó a la última, se enjuagó y se miró en el espejo. Sus dientes parecían granitos de arroz recién lavados.
—¿Renata? —Mamá asomó la cabeza por la puerta—. ¿Qué es este bigote de espuma en el espejo?
—Es una sorpresa —dijo Renata, y le enseñó los dientes.
Mamá apagó la luz. En la oscuridad, las huellas seguían brillando, bajito, y Renata las siguió hasta su cama.