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Fabulada

EmocionesEspañol

Un paraguas lleno de calcetines

Isabella encontró un paraguas abierto en el patio de la escuela, y dentro, en vez de lluvia, dormían cinco calcetines de colores.

—Qué raro —dijo muy bajito.

Era su primer día en la escuela nueva. Isabella quería una sola cosa: jugar con los otros niños. Ellos armaban una casita con cajas de cartón en el rincón. Se reían fuerte. Parecía muy divertido.

Pero a Isabella le pesaban los pies. Le daba vergüenza. Dio un paso y se detuvo. Dio otro y se escondió detrás del árbol.

—Hola —susurró, pero nadie la oyó.

Entonces tuvo una idea. Se puso un calcetín rojo en cada mano, como títeres. Uno era el señor Pico y el otro, la señora Pelusa.

—Buenos días, señora Pelusa —dijo con voz de pato.

—Buenos días, señor Pico —contestó con voz de trueno.

Isabella casi se rio. Se asomó un poquito. Los niños seguían con su casita, y la puerta de cartón no se sostenía. ¡Pum! Se cayó otra vez.

—¡Otra vez! —gritó un niño llamado Diego.

Isabella dio un paso. Después, otro. Nadie la miraba, y eso ayudó. Se paró junto a la puerta caída. Todavía le temblaban un poquito las rodillas.

Levantó el calcetín amarillo y lo miró.

—Con esto se puede atar —pensó.

Ató la puerta con dos calcetines, y luego con tres. La puerta se quedó quieta.

—¡Mira! —dijo Diego—. ¡Se sostiene!

—Es un nudo de calcetín —dijo Isabella. Su voz salió pequeña, pero salió.

—¿Tú tienes más? —preguntó una niña.

Isabella sonrió y señaló el paraguas.

—Ahí hay muchos más.

Los niños corrieron a mirar. Isabella fue con ellos. En la casita de cartón había un espacio justo para una persona más. Se sentó, y la puerta de calcetines se movió con un suave frufrú, frufrú, mientras todos se reían.