Familia y hogarEspañol (Uruguay)
Mi lugar en la ventana
—¡Esa es mi ventana! —dijo Martina, y se pegó al vidrio de la casa nueva.
Pero la ventana no era de nadie todavía. La casa estaba llena de cajas, y en su cuarto no había cama, ni alfombra, ni el dibujo de la jirafa. Martina quería una sola cosa: que ese cuarto se sintiera como su cuarto de antes.
—Probemos con la lámpara —dijo papá.
Enchufó la lámpara en la pared. Hizo clic, y nada. Se había quedado la luz en la casa vieja, pensó Martina.
—Probemos con el osito.
Lo puso en el rincón. El osito se cayó de costado. Plaf.
—Se ve chiquito —dijo Martina—. Y el cuarto se ve grande, grande, grande.
Papá fue a buscar el martillo y Martina se quedó sola. Se sentó en el piso, en el medio. Hacía mucho silencio. Entonces escuchó algo: tic, tic, tic.
Era la lluvia en el vidrio. Y debajo de la lluvia, bien bajito, la colina de enfrente empezó a zumbar. Mmmmm. Todas las colinas de ese pueblo zumbaban cuando llovía, y la gente ni se daba vuelta a mirar.
Martina se levantó. Apoyó la oreja en el vidrio. El zumbido le hizo cosquillas en la mejilla.
—¡Papá! —gritó—. ¡Mi cuarto tiene una colina que canta!
Papá volvió con el martillo.
—¿Y en la casa vieja había una?
—No. Allá había un árbol.
—Entonces esto no se parece a nada de antes —dijo papá.
—Por eso es mío —dijo Martina.
Trajo la caja más grande, la puso debajo de la ventana y se sentó encima, con el osito en la falda. Afuera llovía. La colina zumbaba, mmmmm, y el vidrio le devolvía el zumbido despacito a la oreja.