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Fabulada

Familia y hogarEspañol (Uruguay)

Los fideos de la abuela

Camila revolvía la masa con las dos manos, hasta los codos de harina.

—Un poquito más, abuela —dijo—. Hoy los fideos los hago yo.

La abuela sonrió desde la mesa. Todos los domingos hacían fideos juntas, y esta vez Camila quería cortarlos sola. Los cortaba con la máquina vieja de manija, la que estaba pegada a la mesada desde antes de que ella naciera.

Camila apoyó la masa, giró la manija y... nada. La manija no giraba. Se quedó dura, como una rama que se dobla pero no se suelta.

—Probemos con más fuerza —dijo Camila, y empujó con todo el cuerpo.

Cric, cric. La manija se movió un poquito y se trabó otra vez.

—Mmm —dijo la abuela—. Yo voy a regar las plantas del patio. Ya vuelvo.

Camila se quedó mirando la máquina. Probó con aceite. Nada. Probó sacudirla. Nada. Entonces se agachó y miró de cerca, con un ojo cerrado.

Entre los dientes de la máquina había algo chiquito y blanco. ¡Una tapita de botella vieja, aplastada! Pero no podía sacarla con los dedos.

Camila miró la mesada. Vio la cuchara de madera, muy gorda. Vio el tenedor, muy ancho. Y vio el palito de los pinchos, finito como un fideo.

—¡Vos! —dijo, y lo agarró.

Metió el palito en el huequito y empujó despacito. La tapita se movió. Empujó otra vez. ¡Pop! Salió volando y rodó por el piso, tilín, tilín, hasta la pata de la heladera.

Camila giró la manija. Esta vez daba vueltas y vueltas, suave como un trompo.

Cuando la abuela volvió, había fideos largos y torcidos colgados de la silla, de la escoba y hasta del picaporte.

—¡Camila! ¡Qué cocina llena de fideos!

—Los corté yo, abuela —dijo Camila.

En la olla grande, el agua empezó a hacer burbujas, y la cocina entera olió a casa.