Saltar al contenido
Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol (Uruguay)

Una frazadita con nubes

Cuando Renata abrió el cajón, la frazadita suave tenía un agujero con forma de luna.

Era la frazadita de siempre, la celeste, la que olía a casa. Renata la necesitaba para dormir. Esa noche, además, había que llevarla a la pieza de la abuela, donde se quedaba a dormir.

—Mamá, mi frazadita tiene un agujero —dijo.

—Ya lo veo —dijo mamá, y siguió doblando ropa—. Pensá qué podés hacer vos.

Renata se sentó en el piso. Primero se la puso en la cabeza, a ver si el agujero se tapaba. Se veía una luna chiquita sobre su pelo. Nada.

Después probó con un broche de la ropa. Pellizcó, pellizcó. Pero el broche se cayó. ¡Clac!

—Frazadita, frazadita —dijo Renata—, no te me rompas.

Entonces miró por la ventana. Afuera, las nubes se movían despacito. En ese pueblo las nubes se acomodaban al atardecer y volvían a ser las formas de ayer: un perro, una pera, un barquito. Nadie las miraba raro. Era así.

Esa tarde, una nube se estiró y se hizo redonda y blanca. Una luna.

—¡Mirá! —dijo Renata—. Esa nube tiene el mismo agujero que mi frazadita. O sea, la misma forma.

Se quedó pensando. Si el agujero era una luna, tal vez no había que taparlo. Tal vez había que ponerle algo detrás.

Corrió al canasto de mamá y sacó un retazo amarillo, suave como pan tibio. Lo apoyó debajo del agujero. Mamá le dio aguja e hilo gordo. Renata cosió puntada por puntada, con la lengua afuera.

Cuando terminó, levantó la frazadita contra la luz. Ahora el agujero era una luna amarilla, de verdad.

—Frazadita, frazadita —dijo Renata, y se la puso sobre las rodillas.

Afuera, la nube redonda se quedó quieta. Renata apoyó la mejilla en la lunita cosida, y estaba tibia.