Estaciones y climaEspañol (Uruguay)
Las ganas de Renata
Renata quería quedarse despierta hasta que el sol se fuera a dormir.
Era el día más largo del verano, y su mamá se lo había contado: "Hoy el sol tarda muchísimo en bajar". Renata se puso la remera de las estrellas y se sentó en la pileta, con los pies adentro.
El sol seguía arriba. Renata esperó. Esperó un poco más.
—Sol, ¿cuándo te vas? —preguntó.
El sol no contestó. Pero una nube chiquita pasó por encima de la casa y se quedó ahí, justo sobre el techo, como siempre. Esa nube vivía en ese techo y en ningún otro. Nadie lo encontraba raro.
Renata contó los patos de goma de la pileta. Eran siete. Los puso en fila, del más chico al más grande. Ya está, pensó. Pero el sol seguía ahí.
Entonces tuvo una idea. Si miraba el cielo, el sol nunca se movía. ¡Tenía que mirar otra cosa!
Miró su sombra. Estaba larga, larga, estirada sobre el pasto como un chicle.
—Mirá —dijo—. Mi sombra llega hasta el árbol.
Esperó. La sombra llegó hasta la reposera. Después hasta la regadera. Después ¡plop!, un pato de goma se resbaló de la fila y cayó al agua. Renata se rió.
Su sombra seguía estirándose, más y más, hasta tocar la pared. Y la pared se puso color naranja.
—Ahora sí —susurró Renata.
El sol bajó despacito detrás del techo. La nube chiquita se puso rosa. Los grillos empezaron a cantar: cri-cri, cri-cri.
Renata apoyó la cabeza en el borde de la pileta. Los siete patos flotaban quietos, y el agua se movía apenas, tibia, contra sus piernas.