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Fabulada

Primeras vecesEspañol

Las ruedas de Emma

Una mañana, Emma encontró una bicicleta pequeña y roja dentro de la niebla del patio. La niebla de su pueblo guardaba todo lo que la noche dejaba olvidado, hasta la mañana. Nadie lo encontraba raro.

Emma sonrió. Quería andar en bicicleta ella sola, sin que papá la sujetara del asiento.

Se subió. Puso un pie en el pedal, luego el otro. Y la bici se fue de lado: ¡cras! Emma se sentó en el pasto.

—No pasa nada —dijo papá, que regaba las macetas—. Inténtalo otra vez.

Emma lo intentó. Pedaleó fuerte, fuerte, fuerte. Pero la bici se torcía, y ¡cras!, otra vez al pasto.

—Pedalea más rápido —dijo papá.

Emma pedaleó más rápido. ¡Cras! Se cayó más lejos.

Se quedó quieta, mirando la niebla. Allí, en el suelo, había una raya blanda y torcida. Eran las huellas de las ruedas, marcadas en el pasto mojado. Iban a la derecha, a la derecha, a la derecha.

—Mira, papá. Yo miro mis pies —dijo Emma—. Y la bici va para donde miro.

Papá dejó la regadera.

—Entonces, ¿adónde puedes mirar?

Emma levantó la cabeza. Al fondo del patio estaba la puerta azul. La miró fijo, fijo, fijo.

Puso el pie en el pedal. Empujó. La bici tembló como un pollito y después se quedó derecha. Las ruedas giraron: tric, tric, tric. La puerta azul se acercaba y la niebla se abría como una cortina.

—¡Papá! ¡No me estás sujetando!

—¡Ya lo sé! —gritó papá, con los brazos en alto—. ¡Sigue mirando la puerta!

Emma siguió. Llegó hasta la puerta y frenó con los dos pies. Se quedó sentada, con el corazón saltando. Detrás de ella, en el pasto, había una raya larga y derecha.

Las ruedas todavía giraban despacito: tric, tric, tric, hasta que se pararon.